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Santa María del Concilio Vaticano II

(Eduardo Huerta Pastén)


Santa María, Madre de la Iglesia,
en atención a tus oraciones
y a la visión profética de Juan XXIII y Pablo VI
vino el Espíritu Santo sobre la comunidad de Jesús.

Con su viento impetuoso abrió puertas y ventanas
para que entraran los nuevos tiempos y los nuevos desafíos;
con su fuego inflamó en nuevo ardor a la Iglesia cansada
y la puso en diálogo con los pueblos de la tierra,
cercana y solidaria, sencilla y valiente.

Con su luz la urgió en su vocación de Servidora
y la reencantó como Discípula del evangelio.
A la luz de la Palabra de Dios, siempre viva y eficaz,
ella se descubrió portadora de la claridad de Cristo,
capaz de sintonizar con los gozos y esperanzas de los pueblos
y ser para ellos puente claro de acceso al Padre.
Como Madre abrió sus brazos y sus oídos
a los no cristianos y los invitó a ponerse en marcha
tras el misterio del Dios escondido.
Como Maestra se empeñó en entregar
a adultos, jóvenes y niños la vía del verdadero humanismo
y de la insoslayable dignidad de la persona.
Como Sacramento universal de salvación
y con audacia misionera
se propuso instaurar todo en Cristo.

Para este fin y para edificación del Pueblo de Dios
estableció los ministerios sagrados y los estados de vida:
para hacer presente el sacerdocio de Cristo
y representar ante todos su vida pobre, casta y obediente.
Convocó a los laicos a retomar su protagonismo
como iglesia presente y activa en el tejido social.
Quiso estar presente en los Medios de Comunicación
para decir sobre los tejados lo que el Señor le dijo al oído.
Pero sobre todo, se puso en camino para realizar el sueño de Jesús:
la unidad de los cristianos, para que el mundo crea.

No dejes, Santa María,
que los temores y los intereses puramente humanos
hagan fracasar el don del Espíritu
recibido en el Concilio Vaticano II.
No permitas que la iglesia regrese a sus cuarteles,
empeñada en gestos de separación y exclusividad,
sino que salga al encuentro de todo hombre,
como signo de la benevolencia de Jesucristo
que caminó nuestros caminos, nos habló con palabras humanas
y nos amó con un corazón de carne. Amén.


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